La placita de mi barrio

Ante el garrote cobarde del poder, una sociedad de la bondad y la mano abierta con los que sufren. Es el mejor y único remedio.

Por Osvaldo Bayer
Página 12, Contratapa
3 de Agosto de 2013

2013-04-26

Mi familia llegó a la Capital en el año 1934, cuando yo tenía siete años. Fuimos a vivir al barrio de Belgrano. Allí, a una cuadra de nuestra casa, estaba la placita que hoy se llama Alberti, en la calle Arcos y Roosevelt (calle que antes tenía el bello nombre de Guanacache). Esa placita –de una manzana– era nuestro lugar de juegos. Era muy bella, con un césped bien verde y muchos árboles y flores. Había rosas, margaritas, jazmines y cien flores más. Parecían cuadros pintados. Sí, había un llamado placero que cuidaba que no pisáramos ni el césped ni las flores, ni que tampoco arrancáramos esos bellos productos de la primavera y el verano. Nosotros jugábamos en los caminos a la mancha, a la cupa, corríamos carreras, a la bolita, a llevarnos a cocochito y a otros cien juegos más de aquella época, con los cuales no pisábamos el césped ni los jardines. El placero nos sonreía pero nos retaba si alguno no cumplía con la orden no escrita de no pisar los canteros.

Hoy, la enorme tristeza. Para los niños y para los adultos que alguna vez fueron niños y recuerdan aquel colorido paisaje de nuestra plaza. La querida placita de mi barrio es nada más que un baldío sin flores ni césped. Es pura tierra hecha polvo. Ya no existe la profesión de placero.

Y aquí viene la pregunta: ¿por qué el señor Macri, supremo hacedor de esta capital cada vez más triste y sucia, amontonada y ruidosa, con cada vez menos niños y cada vez más ruidos, no hace cuidar para nada nuestras plazas pero sí les pone rejas?

He vivido en muchas ciudades del mundo y jamás he visto algo así. ¿Es un producto de la irracionalidad o de la deshonestidad? No cabe otra disyuntiva. ¿Por qué, por ejemplo, no hay más placeros en nuestras plazas? Aquellos hombres pacientes que recorrían los espacios verdes para cuidar que nadie le hiciera daño. Por razones económicas, me responden. ¿Por qué se ponen rejas a los paseos públicos? Para que de noche no vengan los vagos y malentretenidos a dormir en sus bancos, me responden. Una respuesta más irracional que la otra, más mezquina que la otra, más inhumana que la otra.

Porque las plazas son los lugares a los cuales hay que cuidar más para tener un lugar libre de motores y gases (por lo menos, allí están los árboles y el verde, que no los producen). Y en cuanto a las rejas, se nota que hay un egoísmo limpio de todo rasgo de generosidad humana. Cuando voy a Berlín, por ejemplo, veo todas las plazas muy cuidadas y plenas de verde y colores. Y están sin rejas. Es porque se usa un método más humano. A aquel vago, linyera o mujer con hijos sin entradas, que van a dormir a las plazas, se los despierta y se los lleva a los hogares de los sin techo para que pasen allí la noche. Hay varios por ciudad en Europa. Es para proteger la vida en las épocas de crueles inviernos y para cuidar la higiene de los parques en los meses de primavera y verano. Y, por sobre todo, es una impronta de la caridad ante aquellos desolados de la sociedad. No, aquí Macri ordenó poner rejas para que los sin hogar no tengan ni siquiera un banco de plaza como único refugio. En vez de rejas, señor gobernador de la sociedad, habilite casas para que esos queridos linyeras tengan por lo menos un techo de noche y un desayuno al amanecer. Me gusta conversar con ellos. Algunos me relatan su vida; otros callan y me miran con la tristeza de sus ojos. Como si me dijeran: “No tengo nada que contar, todo para mí es tristeza”.

Mi padre nos enseñó a no despreciar a esa gente ni a humillarlos. Hay que ayudarlos, nos decía, son muy buena gente que no sabe enfrenta la vida.

Nuestras plazas, sin verdes ni flores, con rejas. Buenos Aires, el “progreso del egoísmo”. Un Buenos Aires cada vez más egoísta. Progresamos. Con sus inmensas villas miseria. Con sus miles de niños que nos miran con sus ojos bien abiertos y sorprendidos ante ese Buenos Aires pleno de autos, apuros y plazas con rejas. De mi Buenos Aires querido de los años treinta a este Buenos Aires encerrado en automóviles, humo y plazas con rejas.

He vuelto esta mañana a mi placita de la niñez: las cuatro esquinas plenas de bolsas de basura, adolescentes que juegan con toda violencia al fútbol en los antiguos céspedes, gente de bien que pasea a sus perros que vienen a dejar sus frutos estomacales en las sendas. Veo un cartel todo desgajado por el tiempo y que apenas se puede leer: “Cuidá tu plaza: prohibido ingresar animales, prohibido jugar a la pelota, prohibido transitar por el césped, prohibido tirar residuos”. Pienso: lo invitaría al señor Macri a visitar plazas y parques. Y ver, por ejemplo, los troncos de los árboles viejos pintados con inscripciones de invitaciones amorosas, puteadas, saludos y esos dichos que se escuchan por televisión. También para caminar por los caminos ahora embaldosados, parece mentira en una plaza, pero todos con pozos y puntas de baldosas rotas que sobresalen peligrosamente para la gente vieja. Un ejemplo del “cuidado” de nuestras plazas. Pero, con rejas.

Y en esto de la represión, hay algo que ya, en nuestra ciudad, se puede calificar como la innecesaria crueldad. Un sistema que sólo se escucha en los países con dictaduras o con tradiciones religiosas severísimas. Acaba de confirmarse la investigación sobre el sistema de represión de la policía de Macri, llamada la UCEP (Unidad de Control del Espacio Público), que ha sido acusado ante la Justicia de la Ciudad de casos de violencia inusitada. En ese proceso, ese cuerpo llamado popularmente “la patota de Macri”, está denunciado por haber actuado con suma violencia contra indigentes y gente sin domicilio fijo. En el expediente se detallan 17 casos de extrema violencia, también se detallan las circunstancias en que mujeres indigentes fueron salvajemente golpeadas. Entre esos casos se encuentran los desalojos violentísimos de Parque Lezama, en Paseo Colón 1500; de la huerta comunitaria de Caballito en el 2009; de los puestos ambulantes de Costanera Sur; de los indigentes de San Cristóbal, en Pasco al 2500, a la madrugada. En algunos de estos casos se trataba de familias con hijos que tuvieron que sufrir una represión inusitada.

Son todos casos muy tristes. No se trata aquí de gente rica o de buen pasar, sino de personas de extrema pobreza. No se gana nada con maltratarlos y desalojarlos con extrema violencia, porque eso tarde o temprano traerá violencia en la ciudad. El mal comienza porque es la sociedad la culpable de no ofrecer trabajo o casa por lo menos a padres de niños, pero también a todos los demás ciudadanos de esta sociedad. En vez de desalojar a palo limpio y patadas a los caídos que se refugian en el suelo para resistir, las autoridades elegidas por el pueblo deberían procurar refugios decentes a esas personas y procurarles un trabajo por lo menos a los padres o las madres de familia y un sustento para los niños mientras sus padres no tengan trabajo. Una sociedad debe servir para eso, no para la filosofía del garrote ni la patada en el trasero. El Gobierno de la Ciudad debe estar para que la paz reine en la urbe y se dé a la gente la esperanza y la fe en la democracia y no la absurda garroteada. Se ve que el señor Macri y sus adeptos no han vivido nunca de cerca los males del mundo representados por la miseria, la falta de alimentación de niño y un techo para refugiarse del frío y de las lluvias en una ciudad inhóspita.

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