URBANIZAR LAS VILLAS

Urbanizar las villas y asentamientos es uno de las propuestas de nuestro espacio.

Forma parte de nuestra Declaración llamada “Urbanismo desde el Pie”.

La nota aparecida hoy, 10/11/12 en Página/12, escrita por Osvaldo Bayer, conmueve y ayuda a concientizar sobre la vida de  miles de ciudadanos de la Ciudad, casi invisibles a nuestro ojos.

Se llama “Nuestro otro rostro” y vale la pena, o mejor dicho es “Imprescindible” su lectura;

“El grupo cultural Los Invisibles me invitó a dar una charla en la Villa 31, sí, en Retiro. Villa de emergencia, en idioma oficial. Villa miseria, en el idioma popular. Llego. Comienzo a atravesar sus callejuelas. Sí, ya había ido otras veces. Nada nuevo. Pero igual no pude menos que conmoverme, que sorprenderme, que emocionarme, que decirme: no, no lo puedo creer, no puede ser. Los niños por todos lados se asoman curiosos, corren, ríen, gritan. Pero rodeados de pobreza, inmensa. No, no caben las palabras. Sucuchos, casuchas, cuchitriles, tugurios, covachas… no encontramos la palabra. Pobreza inmensa. Y niños, niños, niños que nos miran. A veinte cuadras del Cabildo de aquel 25 de Mayo. Ved en trono a la noble igualdad.

Demian Konfino, escritor, autor de Villa 31. Historia de un amor villero, me muestra el “salón” donde tiene sus actividades ese centro cultural villero, de una humildad… no encuentro la palabra. Hablo en un recodo de la callejuela. Hay rostros esperando. Mientras pasan niños, niños. A veces soy interrumpido por el paso de carros de manos, donde hombres silenciosos llevan cargas distintas. Mis ojos no pueden menos que deslizarse en el interior de los altillos que me miran. Habitaciones de un metro por dos, o menos. Cuántos viven aquí, preguntaré después: uno, treinta mil; otro, cuarenta mil, ahora. ¿Agua? Poca. ¿Instalaciones sanitarias? Sí… algunos tienen. ¿Letrinas? Silencio. Pero niños, niños, niños que miran. Mi charla está anunciada como: “Las villas, su gente y la lucha por la urbanización”. Hablo sobre la historia de los argentinos y los sueños de un Mariano Moreno, un Juan José Castelli, un Manuel Belgrano. Soñadores de un país igualitario, con libertad y futuro tal vez hacia un paraíso. Rostros silenciosos me escuchan. Niños que corren y juegan. Siguen pasando gente de todas las edades que llevan y traen algo.

Después de mí, toma la palabra un poblador que vive allí desde el año sesenta. Siempre soñó con la “urbanización” de la villa. Explica cómo el Congreso de la Nación aprobó la urbanización de la Villa 331. Pero vino Macri. Y todo se cajoneó para el olvido. Aunque los habitantes de la villa no se dan por vencidos. Ya han hecho una marcha ante la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires y la repetirán hasta el cansancio. Piensan en sus niños, piensan en la dignidad. Recuerdan a aquel padre Mugica que dedicó toda su vida a ayudar a los villeros y por eso fue asesinado en la forma más fría y calculada por la fuerza del poder.

Tres días después fui invitado por el colegio secundario de la villa 21 y villa adyacente, en Barracas. Nunca había visitado ese lugar, apenas había oído de su existencia. Tampoco podía creerlo. Más grande aún que la villa de Retiro. Más todavía, no podía creer que una escuela podía estar en un edificio así. Una especie de galpón de una fábrica que no funcionaba más y entonces allí se instaló ese instituto de enseñanza. Es un deber visitar ese lugar. Lo tienen que hacer todos los representantes del pueblo, todos los miembros de organizaciones de derechos humanos, todos los estudiantes de ciencias sociales para darse un panorama de lo que somos capaces los argentinos, en este caso, los porteños. El despacho de la directora, un cuartito que se debe haber usado para almacenar objetos innecesarios; la sala de profesores, algo inimaginable, ni lugar para dejar el sombrero; y las aulas, especies de establos grandes. Todo esto en Buenos Aires, la capital del país de las espigas de oro. La del Cabildo de 1810, la de la Asamblea del año XIII. Ni la fantasía más destructiva podría imaginar algo así. A una sociedad, lo que más debería preocuparla tendría que ser el ofrecer a sus nuevas generaciones lo mejor que se tiene para ellas, y no mostrar esas mezquindades increíbles. ¿Los hombres de la cultura de la ciudad de Buenos Aires no han visitado eso? O tal vez sólo hayan pensado en “para esa gente está bien, son villeros, y si no les gusta, que se vayan y dejen limpia la ciudad”, como se oye en los barrios “bien” de la injusta ciudad.

Es increíble la dedicación de los docentes de esa escuela. Los actos de cultura que organizan. Yo fui presentado por una alumna con el hermoso color de la tierra en su rostro. Y hablamos de tiempos argentinos cuando se organizaba una nación que nacía para ser una especie de paraíso en un mundo pleno de guerras y de miserias donde los seres humanos atravesaban mares para encontrar una tierra de paz eterna y trabajo.

Buenos Aires: villas miseria en el año 2012. Hay que visitarlas para ser testigos de nuestro enorme egoísmo e irresponsabilidad. Una sociedad que crea violencias. Porque no es como dice el dicho porteño: no les gusta trabajar. No, es un hormiguero de gente activa que lleva sus carromatos plenos de búsquedas todo el día y la noche. Son hormigas en una tierra verde que tiene límites de la propiedad de los del poder económico.

Los alumnos han pintado una hermosa obra de arte en una pared del colegio. Con colores plenos de vida. No se rinden.

Aprendí mucho en esas dos visitas. Dos maestros: Demian Konfino, intelectual dedicado a sembrar la cultura entre los jóvenes del barrio más pobre, y Adriana Díaz, directora de la escuela de enseñanza media Nº 6 de un barrio similar en cuanto a sus carencias casi totales, que organiza una vida cultural de sueños y solidaridades en un galpón en el que ha sido instalado ese colegio por los que no creen que hay que gastar en la cultura de los más pobres. Y con eso sufren también todos los docentes que la acompañan y que se mueven entusiasmados por la posibilidad de enseñar caminos futuros a los que afloran a la vida plenos de carencias. El padre Mugica les sonreirá desde el cielo.

Y justamente en el colegio industrial de mi barrio de Belgrano, en Cuba y Blanco Encalada, se recordó ayer a un alumno de allí que fue desaparecido en febrero de 1977. Se llamaba Daniel Crosta, tenía apenas 19 años, estaba casado con Diana Kraitzman y ya tenían un hijo de dos años. Además cursaba el sexto año de la carrera de técnico de electrónica en la ENET Nº 28 y luego de ese horario trabajaba en electromecánica. Fue secuestrado el 14 de septiembre de 1979 a la salida de su trabajo y hasta el día de hoy continúa desaparecido. Su cuerpo nunca apareció. Ayer, su viuda y su hijo, los docentes del instituto y de la Comisión por la Memoria Belgrano-Núñez colocaron una baldosa con su nombre en la entrada del colegio. Un recuerdo que queda para siempre. Un homenaje para quien luchó por un país más justo y sin villas miseria. Y lo pagó con su vida. Un recuerdo imborrable. Fuimos a darle un abrazo a Diana, su viuda, y a su hijo, hoy ya adulto. Fue un abrazo al propio Daniel, caído en plena juventud en manos de los sicarios oficiales. En ese momento pensé en los niños de las villas que nos seguirán mirando a los ojos constantemente.”

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