SUBTES

Por: Astrid Lopolito Mormandi

Por suerte o por desgracia soy usuaria de la red de subterráneos, con más frecuencia de las líneas B y D.

Digo esto porque en medio de la maroma que significa trasladarse diariamente, quien suscribe es una privilegiada que vive a sólo 40 minutos de su trabajo.

Viajamos muy mal. Ya lo sabemos. Por experiencia propia o ajena.

Apretujados, acalorados, con imprevistas demoras o huelgas hasta de una semana.

Sobran las explicaciones del deterioro de la red; que el Estado Nacional no avala el posible endeudamiento de la ciudad con el Banco Mundial, que están las vías de las prolongaciones construidas, pero faltan los vagones, que los metrodelegados, que  Metrovías, que Macri no tiene la culpa de nada y así por el estilo.

En medio de esta “compleja” trama de conflictos y dificultades, algunas cosas no se solucionan con plata sino con sentido común.

Y sobretodo con un elemental respeto y consideración a los pasajeros.

Que alguien me explique porqué el subterráneo se detiene entre cinco y siete minutos en cada estación, abriendo y cerrando las puertas sin ton ni son y con la alarma interminente sin que desde los parlantes se escuche algún tipo de explicación.

Podrían, sin costo alguno, al menos anunciarnos porqué llegaremos tarde a nuestros trabajos, a nuestras casas o adónde sea y sin pagar un solo peso.

La amabilidad no cotiza en bolsa, aunque presupone valores; solidaridad,  empatía, educación.

Y con la adicional ventaja de creernos, por un rato,  que nos tienen en cuenta.

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