Arquitectos de FAMILIA

El arquitecto Rodolfo Livingston, incansable en su prédica por impregnar de humanidad su profesión, refirma en un nuevo libro su propuesta de formar arquitectos de familia, intérpretes de anhelos y sentimientos de la gente al construir o reformar sus viviendas.

Se trata de “Casas de barrio”, escrito en colaboración con su joven mujer, colega y socia Nidia Marinaro, cuyo título, según confesión de los autores a Télam, fue una concesión a la elegancia ante el más auténtico pero tosco de “Casas chorizo”.

 “Es enorme la cantidad de familias que necesitan un pensamiento acertado, previo a la obra. La mitad de la arquitectura es la familia, y ambas cuestiones tienen una vinculación indisoluble. No están juntas, están integradas”, alecciona el texto.

 Livingston conecta esa idea con el reciente anuncio del Gobierno de un gran programa de crédito para construir viviendas.

 “¿Quién va a asesorar a los que obtengan esos créditos?”, indaga. “No puede ser que el arquitecto vaya después como inspector, cuando la obra esté hecha”.

Marinaro, “alumna indirecta” de su marido porque se formó en la Universidad del Nordeste de cuya fundación participó Livingston, recuerda una enseñanza del estadounidense Frank Lloyd Wright: “el ladrillo puede valer su peso en oro, según cómo se lo ubique”.

La mujer, nacida en Corrientes, acota que “hay miles de arquitectos sin trabajo y decenas de miles de familias que los necesitan, y ese encuentro no se produce”.

“La carrera es una de las más caras. En la Argentina, la mayoría de los arquitectos hemos egresado de las universidades públicas y es una contradicción que no trabaje para lo social”, observa.

Ambos atribuyen la responsabilidad de este cuadro a las ideas que reinan en las entidades rectoras de la profesión y en la porteña Facultad de Arquitectura, que a su juicio pecan de “formalismo”.

“Prevalece la visión de que la arquitectura es una gran escultura. Una concepción muy instalada, hasta el gran Oscar Niemeyer (`padre` de Brasilia) la sostiene”, admite Livingston.

En el libro, se acepta que la gente siempre ha hecho sus casas con lo que tuvo a mano: piedra, hielo, barro o palmeras, mientras los arquitectos trabajaban para faraones, papas o algún príncipe. Eso, afirman, no es compatible con el actual desarrollo técnico.

“En las obras que veo en la facultad o en las revistas, no se trata con los habitantes. No se acostumbra a escuchar. Tampoco es cuestión de hacer lo que la gente quiere, que es lo que haría un albañil: donde le piden una pared, edifica una. Hay que decodificar las necesidades de las familias”, dice Livingston.

Para ambos, “la casa es el traje de la familia; la familia es móvil, la casa la tiene que acompañar, y si en ese proceso no está el arquitecto, se arman engendros”.

Livingston, recibido en la pequeña Facultad de Arquitectura que funcionaba en la Manzana de las Luces hace 56 años, tempranamente sintió nacer un sentido social de conectar su saber con la gente.

“Yo voté a Álvaro Alsogaray (máximo exponente de las ideas neoliberales en la Argentina), pero más tarde me enamoré de la Revolución Cubana”, sintetiza.

Mucho influyeron en esa transformación otros arquitectos, como Juan Molina y Vedia, lecturas de Jean-Paul Sartre y su participación en la creación, en los años 60, de la carrera de arquitectura en Resistencia, en la Universidad del Nordeste, donde quedó su impronta humanística, según atestigua hoy su mujer.

“Yo, que nunca había salido de Barrio Norte, allí vivía en un camarín de teatro, fui docente y formé docentes; la facultad estaba en un parque, dábamos clases entre los árboles”, recuerda.

Fue en esa época en que lo invitaron a visitar Cuba. “Estuve radicado en una villa miseria dos años. Me convertí en un dirigente, dirigía las obras, pero eran obreros que construían para ellos. Así nació el método participativo”, relata.

Su relación con la isla socialista tuvo una segunda etapa intensa. “En los `90 fui 32 veces a Cuba, a fabricar arquitectos de familia. Me llamaron porque una vez solucionado el déficit de vivienda, la gente seguía construyendo por su cuenta y los arquitectos no intervenían”.

“Di clases atendiendo a las familias. Se creó una red de consultorios de arquitectura -que hoy son unos 160- a cargo del comandante Jesús Montané y la arquitecta Selma Díaz”, destaca.

 Fue por esos años que conoció a Nidia Marinaro, una investigadora y docente de arquitectura, que quiso entrevistar a uno de los fundadores de su facultad para la revista de diseño que dirigía.

 “Cuando uno ama, ama en la misma dirección. Me estaba especializando en tecnología de adobe. Había ido a España y Francia, y luego a Cuba. Son muchos los puntos de contacto”, dice Marinaro.

Hoy comparten un proyecto de vida y el ideal de una profesión diferente, pensada con la familia, porque ven a la arquitectura como un vínculo invisible entre las personas y los lugares.

Fuente: Telam

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