LOS UNOS Y LOS OTROS

Por:
Rodolfo y Nidia Livingston Marinaro

“Todas las hojas son del viento.”

 Luis Alberto Spinetta.

Cuando proyectamos un edificio de carácter público estamos condicionados por la idea de que estos edificios son propiedad privada del Estado. Esta creencia proviene del supuesto de que todo debe pertenecer a alguien, pero se muestra incongruente aplicado al espacio social porque lo colectivo no puede ser privado. El Estado es, en realidad, administrador del espacio colectivo. Lamentablemente el orden jurídico convalida este concepto de mercado.
Así las estaciones de ómnibus, ferrocarriles y aeropuertos muchas veces son diseñadas relegando a un pequeño lugar a los pasajeros y priorizando la explotación comercial.
La máxima expresión de este limitado criterio es la estación de ómnibus de Retiro en Buenos Aires, posiblemente el peor edificio del mundo.
El pasajero enfrenta una fila larguísima, angosta y plagada de obstáculos; antes debe sacar pasaje en otro piso por escalera (con las valijas a cuestas) y luego bajar para esperar el ómnibus que saldrá “entre el andén 34 y 46”. Una distancia que el pasajero (imaginemos a una señora con bebé y valijas, por ejemplo) se ve obligado a sortear una multitud con el temor de que el ómnibus parta antes de haberlo  localizado. El tumulto casi no permite avanzar porque el paso tiene cuatro metros de ancho, con estrechamientos (para 12 millones de pasajeros por año). Las indicaciones de los parlantes no se entienden y en lugar de puestos de informes hay carteles con propagandas y kioscos. Los fines de semana largos (como este) y en época de vacaciones resulta casi imposible moverse entre la abigarrada multitud.
PARTIR Y LLEGAR. Estos son momentos acompañados de ansiedad y emociones, exceptuando el caso de los viajeros habituales. Una arquitectura al servicio de la vida, una arquitectura democrática, debe contemplar esas expectativas. En los barcos de antes se vivían escenas inolvidables: el quejido grave de la sirena como fondo, trémulas escalerillas desde donde saludaban los viajeros, enormes sogas, el amarre, el olor del agua…
Naturalizamos la vida para el consumo. Aceptamos viajar en el buque-bus que conecta Buenos Aires con el Uruguay, atrapados frente a un televisor obligatorio que nos informa sobre la amplia variedad de productos que deberíamos comprar en el shopping iluminado por luz artificial. El barco carece de cubierta accesible, principal encanto de los navíos. Viajamos encerrados.
En otros pisos, los nenes se entretienen con videojuegos, es decir, con lo mismo que en sus casas. La ceremonia de embarcar ha desaparecido por completo en el ómnibus flotante: de la estación se pasará al buque-bus por un pasillo cerrado, de tal manera que uno se encuentra dentro del buque sin darse cuenta de que embarcó. Nada de viento, nada de agua, nada de barco. Sólo eficiencia y rapidez para envasar consumidores. Pero, ¿cómo…? ¿No les habían prometido los padres a sus hijos cruzar el río en un barco, por primera vez en su vida? ¿Dónde quedó el encanto? ¿Qué habremos ganado y qué habremos perdido con este progreso? “A veces el progreso es reaccionario”, dijo Ernesto Sabato.
En Aeroparque, el camino obligado para embarcar atraviesa el free shop en el que unas simpáticas señoritas nos ofrecen de todo: es una calle con manteros vip. Los bares son carísimos e inevitables ya que no hay bebederos. Sólo es posible sentarse consumiendo en una confitería, de allí las clásicas fotografías de gente desparramada por el piso cuando los aviones se atrasan… Las despedidas y llegadas en los aeropuertos actuales nos privan de la emoción de los aeródromos de antes, donde el pasajero saludaba desde la escalera del avión, algo que podría lograrse hoy con visuales desde una terraza, por ejemplo, sin perder eficiencia.
Las estaciones de ferrocarril hechas por los ingleses a principios del siglo XX, tienen un gran hall central originalmente vacío y los andenes claramente localizables por un único cartel indicador. “Te espero en Constitución debajo del reloj”, es todo lo que necesitamos decir. La gente se encuentra, los trenes parten y las emociones tienen el escenario adecuado. La arquitectura es verdaderamente funcional cuando sus protagonistas (fríamente llamados usuarios) son contemplados en cuerpo y espíritu.
AUTORITARISMO VERSUS PARTICIPACIÓN. En una democracia participativa, las actividades colectivas son promovidas por el Estado y desarrolladas por la población, que actúa tanto en la definición de los objetivos como en el ejercicio de la actividad. No perdamos de vista que con la exclusión del hombre del espacio público, no sólo se cercena la vida urbana, sino que se pierden los ámbitos de la verdadera democracia –la participativa– donde la población se encuentra, se comunica y organiza sus actividades.
Quizás estamos haciendo ciudad, pero ¿estamos haciendo vida urbana?
Así como existe una arquitectura para la democracia, existen arquitecturas desalentadoras de la comunicación y de la vida democrática, produciendo un sistema de vínculos basado en el autoritarismo y el manejo tendencioso de la información. Hay una fuerte relación entre la calidad de la vida colectiva y la configuración del espacio social.
OFICINAS Y PODER. La clásica ventanilla con un agujero redondo que jamás coincide con la cara de uno obliga a los más bajos a ponerse en puntas de pie y a los altos a agacharse en una posición poco elegante. Hoy, para peor, las boleterías en las estaciones de trenes son espejadas, de modo que uno no sabe a qué o quién le habla.
En la década del sesenta, la empresa Gas del Estado –por entonces nacional– cambió las ventanillas por escritorios donde empleados y clientes se enfrentaban cara a cara. El trámite empezaba con un saludo amable y seguía en el mismo tono. Un ejemplo más de escenario condicionando la escena, objetivo final de la arquitectura.
Las oficinas públicas son motivo de reclamo en los diarios porque es difícil encontrar a quién quejarse. Un hall de recepción enorme y frío (por ejemplo el del Sanatorio Güemes, en Buenos Aires), es intimidatorio, nadie se anima a preguntar por el director, más cercano a Dios que al ciudadano común, porque no se lo localiza en ninguna parte y ejerce su poder en todas partes
En oficinas de directores, el escritorio suele estar delante de una ventana, de modo que su interlocutor llevará el enfoque visual  más desfavorable, a contraluz. Recordemos la escena de la entrevista de Hitler con Mussolini en el film El gran dictador.
En estos lugares, la lógica queda sepultada por el protocolo burocrático y los empleados no entienden razones. “El sistema no lo contempla” o “se cayó el sistema”, son respuestas frecuentes.
–Le repito señor, debe traer el certificado de incapacidad.
–Pero, ¿no ve que no tengo pierna? ¡Mire, toque por favor!
–Debe traer el certificado.
–¿Y para qué es el certificado?
–Para comprobar su incapacidad motora.
La respuesta del empleado nos recuerda una frase de Groucho Marx: “¿A quién le va a creer usted, a mí o a sus propios ojos?”
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s