CIUDAD DE BARRIOS

Por Nidia Marinaro y Rodolfo Livingston
Buenos Aires es una ciudad de barrios pintados por la letra de los tangos. Cuando el inolvidable Pichuco evocaba al suyo en “Nocturno a mi barrio”, “el boliche se convertía en una iglesia” (según Oscar del Priore). “Mi barrio era así, Así…así…así… es decir, qué sé yo si era así. Pero yo me lo acuerdo así.” Cuando la gente llama por teléfono a las radios se identifica siempre citando al barrio al que pertenece. “Supongo que usted será de Argentino Juniors”, me dicen los taxistas cuando doy la dirección de mi casa en Paternal.
Aunque los 100 barrios porteños son un mito (son menos) “están metidos en el corazón” como canta Alberto Castillo y están también metidos en la cabeza de sus habitantes. 
Los barrios configuran el cuerpo urbano de nuestra ciudad. A mediados del siglo XX, la Ciudad de Buenos Aires era ya La cabeza de Goliat de Martínez Estrada,  con suburbios mucho más chicos  que los actuales y sin countries. El barrio tiene su propia identidad pero no es autónomo: es un subconjunto dentro de la ciudad donde el ciudadano actúa y opina en forma personal y sin necesidad de delegarse en representantes como ocurre a escalas mayores. Es el espacio urbano donde puede florecer la democracia participativa.
A diferencia de los barrios periféricos –bien llamados “cerrados” surgidos masivamente en los 90– los barrios porteños interactúan entre sí. La señora que vive en Boedo visita a sus parientes en Caballito y hace sus compras en algún barrio limítrofe, pero hay cosas que no puede hacer sino en el antiguo centro de la ciudad, que sigue siendo el mismo para todos (tribunales, por ejemplo, una constelación de abogados, litigantes, comercios afines, empleados, etcétera). En el mismo lugar, absurdamente centralizada, está la estación de ómnibus de Retiro. Para viajar a otras provincias la gente que vive en algún barrio alejado deberá pagar más por el taxi que la lleve a la estación que por el boleto de viaje al interior del país. El centro se formó en una ciudad mucho más chica y allí quedó, en un borde alejado del resto de la ciudad y de los suburbios. 
Como todo organismo, los barrios se irán modificando, pero ¿cómo? La cirugía estética podría ser un modelo. Todos quisiéramos ser más hermosos pero nadie aceptaría que le cambien su cara por otra completamente distinta, la de una actriz famosa, por ejemplo. Perdería su identidad, nada menos. Debería aplicarse al cuerpo urbano el mismo principio médico atribuido a Hipócrates, “Primero no dañar.” 
El empalme del Conurbano con la trama barrial se hizo con las autopistas que dejan de lado lo que hay al costado. Esos cortes quirúrgicos debilitaron la identidad de los barrios que atraviesan (Parque Chacabuco, San Telmo) y conectan el centro con los núcleos que crecen autónomos, autoabastecidos (Nordelta, Puerto Palma, etcétera). Para el habitante segregado, la ciudad es una autopista de circulación rápida y estacionamientos; el objetivo es llegar a las oficinas del centro, saturando las vías por la mañana y por las noches. Algunas multinacionales han entendido que su eficiencia económica está relacionada con la felicidad del trabajador y su familia, por eso mudaron sus oficinas al ramal Pilar, por ejemplo. Tener el trabajo cerca de casa resulta una inversión para estas empresas.

VIAJAR MENOS. Avalanchas de obreros, administrativos, empleados de comercio, gestores judiciales, bancarios, periodistas  convierten a las estaciones en hormigueros humanos. Hasta la aparición del ferrocarril, la distancia entre los poblados en Europa era la que un caminante podía recorrer en un día, ida y vuelta. Las aldeas surgieron espontáneamente separadas por esta distancia.
Nos preguntamos cuándo el territorio barrial es percibido como propio por sus habitantes. La respuesta es: si se puede ir caminando estamos en el barrio. Al ascender a un medio de transporte, se interrumpe la continuidad espacial del territorio, la continuidad de nuestro tiempo personal. Al descender nos sentimos en otro territorio: hemos viajado. Este sentimiento no se registra en la vida de los pueblos ni en la vida rural, porque un viaje en bicicleta, de a pie o a caballo, no fragmenta la percepción del territorio.
Retomamos el concepto de barrio para aportar al debate sobre de la ciudad que queremos, preguntándonos siempre “quiénes resultarían favorecidos” .
Las políticas municipales proponen cambios en la circulación vehicular, aumentar la densidad  (torres en los barrios) y crear nuevos focos no consensuados con los vecinos, como el proyecto del polo administrativo en Parque Patricios.
Decimos “no” al descuartizamiento del cuerpo urbano en unidades autónomas, autosuficientes, como las enormes torres de Puerto Madero y sobre Juan B. Justo. Nos oponemos a diluir la vida comunitaria de los barrios en un todo, en la anomia. Cualquiera de las dos propuestas conduciría a la destrucción de lo mejor y lo más representativo de nuestra vida en la ciudad.

PROPUESTAS. Revisar y reubicar las funciones urbanas concentradas en el centro de la ciudad como la constelación judicial, oficinas gubernamentales y empresariales trasladándolas al perímetro de la ciudad. Proveer el máximo de equipamientos y reforzar en ese cinturón las actividades colectivas, la recreación infantil y la educación terciaria. En definitiva, lograr que viaje menos gente. Promover la integración y estimular la movilidad social acercando el trabajo a la familia, tanto de los que están adentro como de los que están afuera.
En el perímetro, el crecimiento urbano ha desdibujado a los barrios, en estos casos la construcción de un centro nuevo puede dar origen a una nueva comunidad (tal fue el caso de La Defense en París).
La conformación de la ciudad en barrios debe ser conservada. La actividad barrial merece ser reforzada y los sectores urbanos que han quedado marginados de una pertenencia sectorial deben ser integrados a barrios existentes o estructurados en nuevas unidades barriales. Podríamos tomar las distancias peatonales como meta para la configuración poblacional del territorio. 
Existe una identidad barrial similar a la del terruño y una escala mayor de pertenencia que es la identidad urbana. 
El vínculo funcional del barrio con la ciudad se nutre con los grandes equipamientos urbanos y con su vida cultural. Además se podría reforzar la vitalidad del área central con aportes culturales, no de servicios, que crean la ciudad fantasma durante los fines de semana. Puesta en valor ambiental, arquitectónico y cultural del centro de la ciudad creando ámbitos de interés y de paseo para toda la población… (recordemos la vivencia que tuvimos de la ciudad en los festejos del Bicentenario, el placer de poder patinar, de rodear  el Obelisco en bicicleta o el ejemplo Domenica a piedi en Florencia, Italia).
Si el pueblo es convocado a participar en las decisiones junto a los profesionales y a las autoridades, lo que se mejorará no es sólo la ciudad sino a nosotros mismos, que es el fin último de todas las propuestas. Y el de la política, claro.

 
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